Como parte del proceso formativo de la carrera de Pedagogía en Matemática y Computación, las microclases se han consolidado como un importante hito evaluativo que permite conocer, al término del segundo año, cómo avanzan las y los estudiantes en el desarrollo de las competencias necesarias para su futuro desempeño docente.
La instancia, vinculada al curso de Práctica II, busca evaluar no solo los conocimientos matemáticos y computacionales adquiridos durante los primeros años de formación, sino también la capacidad de las y los futuros profesores para poner estos conocimientos al servicio de la enseñanza.
“Lo importante es que la microclase nos dice qué tanto están aprendiendo sobre ser profesores, no solo sobre matemática o computación, sino qué pasa cuando la enseñan”, explica el académico Carlos Vanegas, quien destaca el carácter integral de esta evaluación.
Durante el proceso, las y los estudiantes deben identificar una problemática relacionada con la enseñanza de la matemática en el establecimiento donde realizan su práctica. A partir de esto, diseñan una pequeña clase que incorpora tecnología y que posteriormente implementan frente a sus compañeros y a un equipo de cinco docentes de la carrera, pertenecientes a las áreas de matemática, computación, didáctica, práctica y formación pedagógica.
De esta manera, la evaluación permite observar distintas dimensiones del desempeño docente, considerando tanto los conocimientos disciplinares como la capacidad de comunicar ideas matemáticas, desenvolverse frente a un grupo, diseñar recursos didácticos y utilizar herramientas tecnológicas con una intención pedagógica.
“Es un elemento fundamental al que le prestamos mucha atención”, señala Vanegas, quien agrega que las microclases permiten realizar una mirada global sobre el desarrollo de cada estudiante y detectar aquellos aspectos que requieren mayor fortalecimiento durante la segunda mitad de la carrera.
Un diagnóstico para fortalecer la formación
Uno de los principales aportes de las microclases es que sus resultados permiten identificar la diversidad de fortalezas y desafíos presentes en cada estudiante.
Según explica el académico, existen estudiantes que destacan por sus habilidades comunicacionales, mientras otros presentan un mejor desempeño matemático, desarrollan dispositivos didácticos más potentes o logran una mejor implementación de la tecnología. Al mismo tiempo, algunos pueden presentar dificultades para desenvolverse frente al curso, argumentar o comunicar ideas matemáticas, incluso cuando cuentan con un adecuado dominio disciplinar.
“De acuerdo con el diagnóstico de cada estudiante, para una siguiente práctica o para los siguientes cursos, la carrera puede diseñar planes de acción para que estos estudiantes mejoren sus competencias como profesores y los desempeños integrales del perfil de egreso”, plantea Carlos Vanegas.
Así, la microclase no constituye únicamente una evaluación con una calificación numérica para el curso de Práctica II, sino que su función principal es ser una herramienta que entrega información relevante a la carrera para orientar y fortalecer los procesos formativos.
Tecnología al servicio del aprendizaje matemático
Otro de los elementos centrales de esta experiencia es la incorporación de tecnología en la enseñanza de la matemática. Uno de los requisitos de la microclase es precisamente que las y los estudiantes utilicen herramientas tecnológicas durante la clase.
Sin embargo, Vanegas explica que, debido a que en esta etapa de la carrera aún no han cursado una cantidad suficiente de asignaturas de computación ni didáctica de la computación, este uso suele tener inicialmente un carácter principalmente instrumental.
Por ello, uno de los desafíos identificados por el equipo académico es avanzar hacia una utilización más intencionada de estas herramientas, de manera que su incorporación produzca un impacto efectivo en los aprendizajes y no se limite a complementar una clase tradicional.
Un proceso acompañado
La preparación de las microclases tampoco ocurre de manera aislada. Durante el semestre de Práctica II, las y los estudiantes cuentan con el acompañamiento del profesor o profesora de práctica de la Universidad y del docente a cargo del curso de didáctica que cursan durante ese período.
El proceso comienza con la identificación de una problemática de enseñanza de la matemática observada en el establecimiento de práctica. Esta situación es analizada en los talleres de práctica, donde se construye la problemática didáctica que se abordará.
Posteriormente, el diseño de la clase es discutido tanto en los cursos de didáctica como en el espacio de práctica. Antes de llegar a la instancia formal de evaluación, las y los estudiantes realizan además un primer ensayo o simulación dentro del curso de práctica, instancia que permite detectar y corregir aspectos que puedan ser mejorados.
De esta forma, las microclases se entienden como parte de un proceso progresivo de formación y acompañamiento, que busca que las y los futuros profesores lleguen a esta instancia con mayores herramientas para demostrar sus competencias docentes.
Para Vanegas, el valor de este hito radica precisamente en que permite mirar el proceso formativo a mitad de camino: “Nos dice en realidad qué tan preparados están y cómo los estamos formando a ese nivel; sabiendo que les queda la mitad de la carrera, nos ayuda a tomar decisiones respecto de qué podemos intencionar para que sean mejores profesoras y profesores”.